El arte de saber hablar por teléfono fijo

Juzgue Ud., estimado lector:
La semana pasada fue de sumo ilustrativa para mí: aprendí a hablar por teléfono fijo.

Siempre he sido un tipo muy desprendido, y cuando el aguinaldo navideño invadió con bonanza mis agujereados bolsillos, no dudé en invertir ese dinerito extra en algo que valiera la pena, pero no sabía a ciencia cierta cuál podría resultar una causa provechosa. Por azares del destino (o del desatino), llegó a mis manos un periódico repleto de “noticias sensacionalistas”, de esas que sólo ilustran mundos mejores que el que habitamos… ¡utopías, a fin de cuentas! Dado mi carácter pragmático, decidí no perder demasiado tiempo, y tras haber leído concienzudamente una nota titulada “Por tanto beberla terminó derramándola”, pasé las páginas del periódico con hábil y sagaz actitud hasta llegar a la parte de clasificados. ¡Menuda sorpresa que me llevé, a saber!:

“Se venden letrinas para pasto sintético. No requieren naturalidad alguna. Informes con la Srita. Almazán. 222 654….”.
“Realizo lobotomías sin bisturí, amigables con el medio ambiente y sin riesgo de rebote. Informes con el Ing. Robledo. 222 868…”.
“Me alquilo para comulgar en liturgias católicas. 35 años en sincero estado de Gracia me respaldan. Informes con la Lic. Guajardo. 222 765…”.
A nada estuve de telefonear a la Lic. Guajardo, pero antes de cometer ese imperdonable error, una quisquillosa y dicharachera mosca albina distrajo la visión que le dedicaba a la lectura. Después de exhibir un par de saltos mortales y un flip flap con alto grado de dificultad, el insecto díptero se posó providencialmente sobre el asunto que me atañe narrarles:
“Maestro particular enseña a hablar por teléfono fijo, para negocios o para placer. Curso elaborado de acuerdo a aptitudes. Grupos reducidos. Talleres sabatinos intensivos, y todo sin pagar más. Informes con el Emmo. y Rvdmo. Sr. “Sonido Max”.

¡Ese es el bueno”, me dije. Ipso facto comencé a imaginar en lo feliz que sería mi vida si lograba aprender a hablar por teléfono fijo, desde la comodidad de mi cama, por ejemplo. Sí, yo ya contaba con uno de esos dispositivos, pero nunca había aprendido a usarlo. Nadie tenía mi número y, como suele suceder con la mayoría de esos aparatos, sólo yacía ahí, acumulando polvo y esperando a emitir su melodioso sonido hasta que, por obra del electromagnetismo y las tormentas solares, alguna frecuencia se dignara a despertar su afable timbre. Soñé con un mundo mejor, con familias reunidas alrededor del teléfono al tiempo en que esperaban que aquel amigo entrañable, o que ese familiar desaparecido se reportara. Que llamaran de la comandancia de policía para avisar que fulano requeriría de una fianza para volver a casa. Que algún imberbe muchachito osara jugar una broma telefónica para ser despachado en corro: “¡ya verás, desgraciado, anda y dile eso a la más vieja de tu casa!” Respiré vientos de cambio, ciertamente.

Sin más elementos que sopesar, llamé al susodicho “Sonido Max”, quien amablemente me programó para un examen de ubicación. Después de una breve entrevista telefónica (efectuada por celular), el experto me ubico en el nivel tres… el de semi aprendiz. Conocía yo los números, identificaba –sin problemas–, el lugar de donde provenía la voz de mi interlocutor (en la parte superior del teléfono, en esa que colinda con el oído). Eso me bastó para ahorrarme los
$4 000 que cuestan el nivel uno y dos, además de las 18 horas de curso propedéutico. Ya sólo restaría ascender hasta el nivel 11 para considerarme un teléfono-fijo-parlante-competente, y por qué no, hasta destacado. Deposité mi aguinaldo íntegro en la cuenta bancaria que se me indicó y esperé con ansias a que llegara el sábado (de curso intensivo) para cambiar mi vida definitivamente.

Debo de reconocer públicamente que el tal “Sonido Max” es un profesor de altura, y muy paciente, dicho sea de paso. Me tomó de la mano y me llevó a descubrir los alcances del teléfono fijo, y se mostró harto generoso al transmitir su erudición con respecto a la tecnología patentada por Graham Bell, que data de 1876. Aprendí que no fue Bell quien desarrolló el aparato, sino Antonio Meucci, pero el primero tenía más talento para vender AVON, así que sepultó al segundo mediante un artera anticipación comercial. Unos pocos meses más tarde aprendí la jocosidad que puede existir en un simple telefonazo. “Sonido Max” es, como lo dije, un verdadero experto:

– Bueno.

– Sí, ese soy yo, aunque podría estar mejor.

“Sonido Max” me advirtió que la estratagema previamente ilustrada tiene una carga importante de machismo, pues no aplica si se tratase de una interlocutora. Es imposible atender al teléfono diciendo: “buena”.

Y entre tips, retrospecciones históricas, talleres de conversación (speaking, les llaman) y métodos de estudio, fue como me convertí –como lo predije–, en un teléfono-fijo-parlante-competente-distinguido. Obtuve mi diploma avalado por la SEP, por el Cambridge Institute of Dialing y por la Fundación Telmex. Ni tardo ni perezoso le tomé una foto a mi certificado y lo subí a Facebook.

Con la seguridad que sólo el conocimiento puede brindar, comencé a llamarme a mí mismo desde el teléfono fijo de mi casa. En verdad disfrutaba mucho de esos soliloquios a dos auriculares que solía entablar conmigo mismo. Del celular al teléfono fijo, del teléfono fijo a mi celular. Pronto me envolvió un estado de éxtasis y paroxismo.

Pasaron semanas, luego meses, y nadie –ajeno a mí– llamaba al teléfono fijo. Comenzaba yo a sospechar que había perdido mi tiempo y mi dinero con ese curso, pues lo aprendido no era práctico, ni medible, ni inmediato ni útil.

Un buen día recibí una llamada que no provenía de mi celular (cabe señalar que yo ya estaba capacitado para dar lectura al identificador de llamadas que poseen los modernísimos teléfonos fijos con los que ahora contamos). Noté, de inmediato, que el prefijo de la llamada entrante era foráneo. “¿Pero cómo es esto posible? ¡Yo nunca le he dado mi teléfono fijo a nadie! Sí, es verdad, estaba pasmado, pero frenético de alegría por recibir la llamada de una segunda persona que me hiciera saber la valía del curso que había tomado. Tiritando de algarabía y júbilo alcé el auricular y me dispuse a entonar mi más cortés y cálida voz…
– Bueeeeeeeeeeno.

– Hola, qué tal. Llamamos del Banco Septentrional de Negocios Agrarios, Urbanos y Ventajosos (BSNAUV) para informarle que su solicitud de crédito ha sido aprobada.

Sépase Ud., estimado lector, que su servidor figura en el buró de crédito desde hace tres lustros, que nunca le di mi número a persona alguna y que no estaba interesado en adquirir ningún servicio financiero. El curso que tomé no me capacitó para atender a ese tipo de llamadas, así que decidí improvisar…

Hace un par de días vinieron unos sujetos para embargar los pocos bienes que me quedaban. No cabe duda que no es suficiente con tomar sólo un curso de telefoneo fijo. Debí inscribirme al módulo para avanzados (Business Class), o juzgue Ud., estimado lector.

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Rimbombante A Secas es el pseudónimo de un algo que realiza tareas diversas con fines indefinidos, aunque notablemente hedonistas y lúdicos. Misión: secreta. En una ocasión se le fue revelada mientras compartía un 'wedge' con Perseo Montes de Oca en un conocido campestre de golf. Se le encomendó guardar "el secreto",...
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