Breve acercamiento al monopolio de la sexualidad

Pareciera, pues, que el hecho de ser seres sexuales y sexuados no nos ha hecho mejores como sapiens sapiens. Desde la pujante inercia monógama (dudosamente explicable y aceptada por la mayoría de las naciones), hasta el auto placer, han sido objeto de constantes escrutinios, menoscabos, humillaciones, vejaciones, condenas post mortem y tratos de lesa humanidad. Considero que sobra ahondar en esto último, pero los campos de aniquilación y trabajos forzados a donde naufragaran diversas manifestaciones del ‘eros’, abundaron, abundan y abundarán (aunque no aparezca esto en Canal 5). La sexualidad es poderosa y, quien mantiene el monopolio sobre de ella nos aventaja en posición, política y bienestar. “¿A quién le importa la postura corporal-sexual al momento del coito?”, pudiera pensar Ud., o yo –insignificantes cascajos de una oleada de pensamiento pragmático y utilitario–.

Sin ser Freudiano concuerdo con algunas ideas lanzadas desde esa corriente de pensamiento: muchas palabras, ademanes y destrezas, se desarrollaron bajo la insoslayable necesidad de erotizar y, además, de hacerlo “bien”… “Que con la madre, que con el padre… que con el hijo o con el espíritu santo; que con la hermana (hermano), que con la mujer u hombre de tu prójimo”. Las “perversiones” de nuestra especie son las mismas que tuvieran aquellos nacidos en la Grecia pre-sofista o en el errante pueblo hebreo. No hay nada nuevo bajo el sol, dijera un poderoso monarca. ¿Acaso hace  2 600 años, no vino Zeus a reclamar su derecho sexual con quien (es) le placiera? Hasta se disfrazó de buey para satisfacer su lívido. Imagine Ud. la importancia del acto sexual.
La mente humana es falible, pero muy sagaz cuando se trata de establecer ventajosos cánones. En 1837 surgió en Inglaterra la Era Victoriana; una ideología en extremo moralista que, entre otras cosas, prescribió la conducta sexual de los habitantes de la isla. Si uno quería erotizar (de la forma que fuere), debía sumisión, respeto y modales a la Corona. Se alcanzaron límites inacotables: “que si el sexo oral sólo con letrero expuesto ante la audiencia pública”; “que si sólo una pierna a la vez”; ” que si sólo en nombre de la reina”…. y demás divertidas manufacturas jurídicas que, por coercitivas razones, todos acataron, pero no dejaron de contrabandear. Sin embargo, pobres de aquellos que en su desenfado fueran sorprendidos por algún funcionario real cometiendo actos ilícitos: fajes en la carroza, en el descampado, en el vestíbulo de un templo; u observando dibujos pornográficos (de alto valor monetario) o recibiendo estimulación erógena craneal (piojito, le llamamos hoy)… No ahondaré más en ello, pues parecería que este artículo es producto del morbo y de la falta de tacto. La posesión y utilización de los genitales se legisló, y dicha legislación sigue vigente (a veces de manera implícita; otras, explícita) en ciertos lugares de E.U.A., por ejemplo, aún se conservan prescripciones preciosistas: en el estado de California, sólo en el municipio de Bakersfield, está prohibido, por la ley, tener coito con el mismísimo Satanás sin usar protección. ¡Sí, leyó Ud. bien! (revíselo, si gusta). Tener relaciones con las luces encendidas, hacerle cosquillas a las mujeres y experimentar con posiciones que no sean la del misionero son cosas que el estado de Virginia niega en sus leyes. Está penado que un hombre dispare una pistola al mismo tiempo en que su mujer alcanza el orgasmo, esto es vigente en algunos suburbios de Minneapolis. En los eventos de rodeo de Massachusetts, está prohibido tener relaciones con un payaso si los caballos están muy próximos. Se preguntará Ud., al igual que yo, si alguien se ciñe a estas disparatadas consignas. Sospecho que sí.

¿Y amén de qué va todo esto?

¡Fácil se responde!: el monopolio no respeta credos, edades, géneros, atracciones o necesidades. El monopolio sobre la sexualidad se impone siempre, pese a las demandas y las “legítimas perversiones” que todo ser humano con pleno uso de sus facultades mentales debería ostentar…
El erotismo, la sensualidad y el placer siempre han sido moneda de cambio para oportunistas. ¿Seremos por siempre andrajos que se contentan en pedir limosna, en algún paraje insospechado, en donde sea posible aprovechar nuestros genitales como mejor nos venga en gana?

Cuando lo privado se convierte en público, más vale apagar los celulares y traer al santo obispo. “Dios me lo dio, Dios me lo quita (o me lo restringe, o me lo conmuta, o me lo difiere, o me lo maldice, o me lo bendice, o me lo destruye)” -Job dixit– (no todo, pues. Le eché tres costales de arena por cada kilo de cal). Y si Dios no es lo suficientemente grande como para moldear las conductas sexuales de los mortales, ¡no nos preocupemos!, que los monarcas, empresarios y presidentes, de ello se encargan, también.

 

 

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Rimbombante A Secas es el pseudónimo de un algo que realiza tareas diversas con fines indefinidos, aunque notablemente hedonistas y lúdicos. Misión: secreta. En una ocasión se le fue revelada mientras compartía un 'wedge' con Perseo Montes de Oca en un conocido campestre de golf. Se le encomendó guardar "el secreto",...
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