La invención del autoengaño

Nos gusta engañarnos a nosotros mismos. Lo hacemos todos los días y cada vez con más frecuencia. Qué descubrimiento más fantástico el del ser humano cuando encontró que podría entretenerse a sí mismo engañándose.

No me refiero a la primera etapa del proceso de lidiar con una pérdida, me refiero a la ficción. La ficción nos gusta, nos gustan las historias y nos gustan más cuando mejor nos pueden engañar. Y sí, nos engañan, nos hacen sentir empatía por seres que no existen, nos hacen sentir alegría y felicidad, hacen que nos importen las conclusiones de sucesos que no sucedieron y que son absolutamente irrelevantes en la vida. Sentir algo en reacción a algo que no sucedió me parece que es un engaño, sin importar que estemos conscientes de ello; por eso es un engaño a nosotros mismos. Hay una parte de nuestro cerebro que no entiende que Woody, Buzz y compañía no existen, no son seres de verdad, no son personas, y no son cercanos a nosotros, y que cuando se toman de la mano y aceptan la muerte, eso no va a afectar en nuestras vidas en lo más mínimo. La parte de nuestro cerebro que sí lo entiende es la que decidió ir al cine y deliberadamente engañar a la otra parte, una triste víctima de nuestros crueles juegos.

¿Cómo es posible esto? ¿Cuándo se inventó la ficción?, o más bien, ¿cuándo surgió? ¿Cómo emerge la capacidad de engañarnos a nosotros mismos? Evidentemente tuvo que haber sido una especie de proceso gradual, no una invención. Aunque sería interesante imaginar a una banda de cazadores/recolectores alrededor de una fogata cuando a alguien se le ocurrió contar una historia que no pasó, por primera vez, y todos estaban sorprendidos de la manera en que se pueden emocionar por esa historia sobre algo eso que no ocurrió. Imagino a todos emocionados por ello y creando historias para engañarse a sí mismos y engañar a otros, con su debido permiso.

Más bien debió surgir primero el engaño no consensuado: la mentira. Y luego surge el engaño mediante consenso: la ficción, y un lenguaje que lo permitiese.

Siempre que entro en estas cosas me acuerdo de los piraha, quienes tienen un lenguaje muy distinto al nuestro, en el que toda afirmación es fenomenológica. Esto es: parte de la descripción incluye la postura fenoménica desde la cuál se da cuenta. En otras palabras, cuando los piraha te hablan sobre algo, te hablan sobre su experiencia de aquello. Así sucede que lo que no experimentaron ellos o algún conocido de ellos es un sinsentido. Sucede que hablan de cómo es que las cosas entran y salen de la experiencia. Son empiristas humeanos radicales. Fueron descubiertos por un misionero que trató de convertirlos al cristianismo y nunca lo logró.

¿Habrá sido ese el pasado de la humanidad? ¿Será que durante mucho tiempo vivimos en la verdad de la subjetividad hasta que alguien inventó el cuento de la objetividad, el de una existencia más allá de nuestra experiencia? ¿Será que nuestra civilización contemporánea se la debemos a alguien que se le ocurrió la descabellada idea de que la realidad existe más allá de nuestra percepción, y que desató con ello una hecatombe? Porque cuando consideramos el salto de lo subjetivo a lo objetivo… una vez que un abismo de tal magnitud se ha cruzado, el paso entre la realidad y la ficción no parece, si quiera, tan claro…

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¡Quién es el autor?

Amilcar es filósofo, ingeniero y economista. Es profesor de la UNAM y realiza investigación en el Programa Universitario de Derechos Humanos.
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