Las precauciones para emitir una voz (o para no emitirla)

En otros tiempos yo tuve una voz

Una voz de temporada que camuflaba su caducidad entre el siempre y el nunca. Una voz manceba y gentil que se educó para decir más con menos, pero que jamás llegó a graduarse. Una voz túrgida que tanto entonaba cantos como interpelaba argumentos. Una voz deseable y deseada…

Y yo amaba mi voz, y la amaba mucho.

En otros tiempos yo tuve una voz

Una voz de extrovertida esencia, de desenfadado tacto, de generosa acogida, de sonidos nítidos y articulados que oscilaban felizmente entre altas y bajas frecuencias.

Una voz que con honestidad recogió aplausos, y hasta el blanco corazón de la mujer más blanca aceptó con buen gesto al portador de un efímero emisor de sonidos.

Y yo amaba mi voz, y la amaba mucho.

En otros tiempos yo tuve una voz

Una voz potente, pero compasiva; que no buscaba imponerse, sino compartirse. Una voz que sabía apreciar el silencio, y que no hacía acto de presencia si no era para mejorar –si es que fuere posible–, al calmo momento, a menudo con la risa. Una voz segura, tenaz, que miraba hacia lo colectivo y que en lo colectivo encontró su legítimo cauce.

Una voz que a cambio de exigir propuso, y cuando las propuestas fueron bellas, no hubo necesidad de exigir nada. Una voz que conocía profundamente la valía de un ‘por favor’ y un ‘gracias’. Una voz que no buscó reconocimiento.

Y yo amaba mi voz, y la amaba mucho.

En otros tiempos yo tuve una voz

Una voz que, en tanto replicadora de sonidos, se percibió vulnerable y rota, porque los años merman las mucosas, los hábitos pervierten al alma y los sonidos, o se vuelven ecos o se convierten en susurro alicaído, y alicaído se volvió mi canto.

Una voz que entendió al óxido y al insoslayable deterioro de las vísceras revestidas por núbiles pieles. Una voz que de pronto no supo más qué decir, y que paulatinamente fue acallándose hasta volverse incómodo silencio. Silencio infértil, cuya paternidad proviene de la misma estirpe que de la angustia, de la envidia, de la soberbia y del mudo agravio.

Y ya no amé más a mi voz ni nadie más la amaba.

En otros tiempos yo tuve una voz

Y quise dirigir mis palabras, pero yo conocía de sonidos, no de palabras. Ansié, entonces, conocer de palabras para decirlas con el más bello de los sonidos, pero la belleza acústica no es proporcional a la belleza del alma, y mi alma no profería cosas bellas. Rebuzné, entonces, la primera consigna individual.

Y después llegó la segunda, y la tercera y la cuarta. Y mi voz ya no fue agente de calma, sino de furia mal contenida, mal comprada y mal vendida. Y de ella conseguí mi condena, y la de aquellos que yo amaba.

En otros tiempos yo tuve una voz

Una voz tenue, inmerme e indeseada. Una voz que con quejas plagó a su dueño. Una voz que no se reconoció en la garganta del otro, y que terminó convertida en inasequible paz. Una voz desprovista de encanto alguno; un agente, pues, de destrucción cotidiana. Un silencio estruendoso y atronador, egoísta, pendenciero y cobarde.

Una voz que hería con su silencio, o restaba con su presencia. Ni la belleza del sonido ni la indiferencia ante el silencio redimieron al par de cuerdas vocales con las que llegué al mundo. La voz mata, tanto por sus acciones como por sus omisiones, y más lento muere el que ha tomado la responsabilidad de resonarla. Y uno va muriendo.

Y algunos detestaron mi voz (yo fui el primero).

Ahora tengo una voz

Acaso una disrupción en el vacío. Una voz que se contiene por contenidos y vanos deseos realizados, pero innecesarios. Una voz consciente de la calidad del sonido, y de aquellas palabras que deben sonar, o que sonadas deberían haber sido. Una voz que busca el momento sereno, calmo, aquel que solía interrumpir cuando en otros tiempos tuviera una voz.

Y supe que mi voz fenecía cuando no hubo voces que la secundaran. Supe, también, que la voz es la precisa combinación entre palabras y sonidos, articulados entre silencios justos, en su justa medida. Y supe que de elocuencia yo ya más no tendría, pues dimensioné mis inagotables carencias.

Hoy no sé si amo o detesto a mi voz, pero sé que quiero hacer algo con ella, aunque mutilarla de mi cuerpo fuera. Y así, con disfonía o sin ella, reencontrarme con aquellas voces que siempre, en todo momento, fueron la mía, y la mía la de ellos.

In memoriam

 

 

 

 

 

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¡Quién es el autor?

Rimbombante A Secas es el pseudónimo de un algo que realiza tareas diversas con fines indefinidos, aunque notablemente hedonistas y lúdicos. Misión: secreta. En una ocasión se le fue revelada mientras compartía un 'wedge' con Perseo Montes de Oca en un conocido campestre de golf. Se le encomendó guardar "el secreto",...
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