El obseso “obcecado” cuya obsesión…

Juzgue Ud., estimado lector:

No va a creer lo que voy a contarle, pero su escepticismo no resta un ápice a la veracidad de mi relato. Con el favor de su confianza o sin él, ocurren cosas que se difuminan entre una realidad ficticia y una ficción realizada, y a la factualidad de los sucesos poco le importa el voto de confianza que alguien pudiese concederle, casi tanto como el interés que demuestra  este, su humilde servidor, cuando deja expuesta su narración ante la vergüenza pública.

Algunos dicen que sucedió hace un par de horas. Otros, por su parte, garantizan que seis años habrá de ello, y que pueden atestiguar sin dar cabida a contradicción alguna.

El que narra extravió la noción del tiempo (el pretérito pre anterior y el futuro ante post traumático), pero tiene la seguridad del presente en el que narra (ante presente, cuasi presente y pre futuro obsoleto) , y en ese presente despliego lo que ha de incumbir.

¿Adicciones? ¡Todos tenemos!, ¡y más de una! La minucia consiste en que algunos las notan, y otros viven adictos hasta que en su lecho de muerte alguien / algo se las diagnostica, y les recetan el descanso eterno para rehabilitarse, de una buena vez.

Las taquicardias, la angustia, la ansiedad y los atisbos primitivos de una paranoia crónica degenerativa severa me han traído hasta el consultorio de cierto terapeuta. Observo los incontables diplomas que en la sala de estar se ostentan: “El Consejo clínico para el tratamiento de la percepción alterada de la falsedad certifica que…”. “El Colegio de terapeutas freudinanos marxistas en favor de una equidad de circunstancias avala que…”. “La Universidad Católica del Chile Morita certifica que ______________ ha aprobado satisfactoriamente el curso de No está loco, sólo lo aparenta para parecer cuerdo…”.

Y entre fastuosos diplomas, convincentes certificados y una foto familiar del terapeuta abrazando al lemur tibetano de ojos calvos que tiene por mascota, me sentí acogido, seguro y dispuesto al intercambio dialógico. A mí me urgía sanar; al terapeuta le apremiaba descartar la duda sobre mi estable auto percepción patológica, y de paso la de él. Aun así tuve que esperar hora y media para ser atendido.

En tres minutos el terapeuta obtuvo mi historial clínico:

– No lo es, se hace

– Padres: erráticos

– Familia: homo

– Alergias: sí, pero indefinidas

– Antecedentes patológicos: al menos un ancestro del paciente fue machista, pero podrían ser más de dos

Diagnóstico: caro

Tratamiento: terapia Gestalt. Regresiones fetales (en el consultorio). Electro choques (sólo de no resultar alérgico). Desmorfologización activa del concepto. Terapia y coaching de vida (aunque esté muerto). PNL (Programación neurolingüística, en Java y en C++). Manazos autoritarios cuando el paciente muestre episodios de obsesión (si llegase a presentarlos).

– Pronóstico: reservado

El terapeuta camufla sus anotaciones entre aspavientos y preguntas recurrentes, pero como lo dije líneas arriba: yo presento atisbos primitivos de una paranoia crónica degenerativa severa, así que nunca perdí detalle de lo que el terapeuta escribía sobre su libreta de papel reciclado con motivos esperanzadores… y un poco cursis.

Holístico resultó ser quien me atendía, así que la humadera producida por una varita de incienso me hizo espetar mi primera proyección del ψ:

– ¿Podría, por favor, apagar el incienso?, demandé con inusual cortesía.

– Claro. Dispense Ud. La aromaterapia suele favorecer el intercambio de palabras, pero entiendo que Ud. es único e irrepetible. Cuénteme ¿qué le ha traído por acá?, preguntó al tiempo en que sofocó la combustión del incienso.

– Tengo obsesiones múltiples con síntomas extendidos de abstinencia. Sudo desmesuradamente durante la noche. Presento temblor de mis extremidades superiores y adormecimiento de las inferiores. Asumo que alguien me vigila, un tal Dios, y presiento que está enfadado conmigo, por las obsesiones que inexplicablemente aparecieron en mi psique. Me obsesiona estar obsesionado, y a la sociedad le obsesiona que yo deje de obsesionarme por estar obsesionado. Quisiera liberarme de todas mis ataduras, rehuir de mis responsabilidades, sepultar lo que un día fui, y lo que un día no seré. Quisiera pretender que tengo cura, pero mucho consuelo encuentro en mi enfermedad. Desearía no haber hecho lo que dejé de deshacer, y malbarato mis escasos bienes por un solo instante de paz. No vine aquí por voluntad propia, sépalo, pero mi voluntad se ha tornado en la voluntad de quienes me juzgan, que muy a menudo lo hacen. Sé que debo tratarme, pero no sé de qué se trata el tratamiento, y no trate Ud. de tratarme como a uno más, pues yo soy único e irrepetible como Ud., como él, como ella, como todos…

Trate de tener un buen trato conmigo, porque me obsesiono con facilidad, y puedo llegar a maltratar a quien trata de tratarme; trátese de quien se trate. No quiero tretas ni que la eficiencia de mi buen juicio se trate a trote. Trizas quedan del trepanado cerebro que trepida de entre los vivos que parecen muertos, y de los muertos que parecen vivos. Trenzas he de hacer con los cabellos de mi muñeca imaginaria, al borde de una mecedora propia de un hospital psiquiátrico: trapo de tripa, tripa de trapo, tropo de tropa, triada de Triana, pero antes eso que continuar dando rienda suelta a mi comportamiento obsesivo compulsivo repulsivo. ¿Podrá Ud. ayudarme?

El terapeuta enciende el incienso nuevamente. Agrega un par de notas más en su libreta: “Sí es, pero no se hace”. “Se hizo, pero no lo es”. “Me cae bien y es súper cool“. Tras guardar un minuto de respetuoso silencio, sugiere:

– Vaya Ud. a casa. Ignore lo que le obsesiona hasta que la obsesión se convierta en ignorancia, y si decide ignorarme, obsesiónese por dejar de hacerlo. Ya después veremos de qué forma desobsesionizamos (sic) su conducta obsesiva por la no obsesión. Escriba hasta el hartazgo en un papelito: “No soy obsesivo compulsivo” y regrese aquí dos veces por semana, durante año y medio. Veremos si sus obsesiones dejan de atormentarle.

Al día de hoy, estimado lector, sólo me he obsesionado en tres ocasiones, pero logré contenerme obsesionándome con la contención de mis obsesiones mal contenidas. No tengo paz aún, pero tengo un pendiente menos en qué obsesionarme, o juzgue Ud.

La única adicción que me persigue es la obsesión, pero ya me estoy rehabilitando.

 

 

 

 

 

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Rimbombante A Secas es el pseudónimo de un algo que realiza tareas diversas con fines indefinidos, aunque notablemente hedonistas y lúdicos. Misión: secreta. En una ocasión se le fue revelada mientras compartía un 'wedge' con Perseo Montes de Oca en un conocido campestre de golf. Se le encomendó guardar "el secreto",...
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