Punto inducido

Jamás vi a alguien cuerdo solicitar la inducción de su propio estado de coma. Esto se debe, posiblemente, a que los candidatos a este procedimiento rara vez están facultados para hablar. Claro que nunca falta el paciente exigente, quisquilloso, reparón; aquel que no abandonará la sala de urgencias sin que le hayan administrado su paracetamol de rigor; ese que interrumpe su cuadro de epilepsia para verificar que su receta médica está escrita correctamente. Y es que “en la variedad está el gusto”, comentan las enfermeras, camilleros y residentes del hospital al que quiero referirme el día de hoy.

La vida en el nosocomio es insufrible, tanto para médicos como para pacientes. Se trata, pues, de una lucha sin tregua entre quienes saben lo que curan y los que tienen que soportar a los que saben lo que curan; entre los que ignoran lo que padecen y los que aseguran (desde un nivel de consciencia elevado, pero externo) que “¡no es para tanto! (o para tan poco)”. Ambas partes tienen algo de verdad, algo de ignorancia y mucho de mentira: el paciente falseará siempre acerca de sus hábitos, o minimizará el impacto que ellos tienen sobre el diagnóstico en marcha (no vaya a ser que el doctor se dé cuenta de que la enfermedad es la consecuencia de una conducta escandalosamente permisiva). Por su parte, el médico se congratula al extender sus credenciales, en recargar su currículum, en alardear sobre sus innumerables casos de éxito (no vaya a ser que el enfermo se dé cuenta de que su cuadro clínico  es el primero que su tratante afronta). No hay víctimas ni victimarios dentro del nosocomio. Tan sólo hay enfermos y personal de la salud; con suerte, algún remedio.

Eso sí: hay muchos seres humanos, y muchos de ellos, muy necesitados; con bata o sin ella.

La sala de urgencias es el campo más fértil cuando deben evaluarse los escrúpulos de los médicos y los enfermos. El tiempo siempre apremia, el conocimiento escasea, el estrés carcome, las mentes se nublan y los cuerpos sufren a cada instante. La sala de urgencias se convierte en una cámara de Gesell, en donde es posible percatarse de la buena praxis de médicos y pacientes; pero sobre todo, de la honestidad con la que ambos se conducen. Y eso es lo que convierte al nosocomio en una fuente inagotable de estudio, tanto para propios como para extraños.

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Hace unos días terminé mi desayuno. Me duché, envié un par de correos, lavé los pocos trastes que había ensuciado y decidí enfermar de gravedad. Ya con los síntomas a cuestas opté por ser un buen paciente, a sabiendas de que la sala de urgencias me aguardaba, y con ella un abanico de verdades y mentiras, de competencias e incompetencias, de síntomas mal descritos y mal atendidos, de analgesia e hipersensibilidad, de pesares diluidos y de remedios efímeros.

Y llegué a dicha sala, por mi propio pie. Calmo, prudente y honesto toqué en una ventanilla para ser atendido. Decidí no quejarme, pues eso viciaría el trato objetivo que todo paciente merece, por parte de su médico. A cambio de la bata y las pantuflas, solicité, a la brevedad, que se me indujera a un estado de coma. Mi sorpresa fue grande cuando el médico aprestó los barbitúricos, sin ofrecer explicaciones y sin chistar. Yo desconocía la pericia clínica de mi tratante, pero me contenté mucho al saber que él seguía al pie de la letra mis neófitas indicaciones.

– Verá Ud.: en la medicina existen muchas paradojas –me dijo mientras arponeó la primera vena–. “A veces, para preservar, se debe aletargar. Para dar continuidad, se debe de pausar. Para dar una esperanza hay que sepultar todo atisbo de consciencia, pues un cerebro activo es un cerebro potencialmente inflamado. No se diga más. Firme aquí para deslindar mi responsabilidad sobre su cordura, sobre su cuerpo y sobre cualquier consecuencia legal que el procedimiento que estoy por realizar pudiera acarrearme. Yo me aseguraré de que Ud. olvide. Pero eso sí: la sanación no depende de mí”.

Señorita, vamos a inducir el estado de coma. ¡Permanezca alerta!

En ese momento comprendí muchas ironías de la medicina, de la cognición y de la vida: poca glucosa para que la vida sea más dulce; lento metabolismo para acelerar ciertas funciones cerebrales; poco espacio para albergar vastas ideas; mucha incertidumbre para afianzar algún vago concepto.

En un abrir y cerrar de ojos yo oscilaba entre el sueño y la vigilia. Mi boca era el desierto de Atacama, pero mi mente era un manantial de dudas que no escatimó en producir razonamientos elementales, aunque extraviados.

– Ya casi, doctor. Ahora estoy en coma y me siento aliviado; sin embargo, quisiera aprovecharme de los fármacos que ya tengo encima, y de su buena voluntad: ¡indúzcame al punto, olvide el coma!

– Hablar de más es no decir nada, señor Rimbombante, y punto y aparte (si todo sale bien) comenzará Ud. con su rehabilitación. Respire profundamente:  siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno…

No sé cuánto tiempo permanecí en estado de ‘punto inducido’. Sé, no obstante, que olvidé lo que tenía que olvidar, aunque aún me asaltan vívidos recuerdos. No renuncio a lo que fui ni rehuyo de mis responsabilidades, pero ahora que soy maratonista profesional, y que tengo los oblicuos bien definidos, bien vale la pena darle la bienvenida a la vida. Desconozco si sané o si habré de sanar, pero con estos pectorales, ¿a quién le importa? Si estoy enfermo, no faltará quien apetezca brindarme un baño de esponja, y un T.V.Notas, para mantener al intelecto intacto.

La honestidad en la sala de urgencias no es medible; simplemente, evidenciable. ¡Grande fue el médico que estuvo a mi cargo! Y perdónenme si llevo prisa para dar detalles de su impecable trabajo, pero recordé que tengo que olvidar algo… Quisiera comenzar cuanto antes.

P.S. Desgraciadamente, me fue imposible retener el nombre del médico a mi cargo, aunque me pareció verlo –una vez más– entre el sueño y la vigilia. Como quiera que sea, lo recomiendo ampliamente, por si de algo sirviera a la comunidad.

También recomiendo a mi personal trainer.

Y un, dos; un, dos; un, dos… “Nos vemos en la maratón de Londres, en donde nadie pueda reconocerme, ni yo mismo, ni a quien me acompañe”.

“¡Préndele a la T.V., mami, mamita, mamacita, mamasota, que ya tú sabe [sic] lo que yo ya sé que ya tú sabe [sic]!”.
-(Yandel, 2017)

 

 

 

 

 

 

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¡Quién es el autor?

Rimbombante A Secas es el pseudónimo de un algo que realiza tareas diversas con fines indefinidos, aunque notablemente hedonistas y lúdicos. Misión: secreta. En una ocasión se le fue revelada mientras compartía un 'wedge' con Perseo Montes de Oca en un conocido campestre de golf. Se le encomendó guardar "el secreto",...
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