Respuesta de Napoleón Bonaparte a la misiva que le dirigió el Marqués de Sade

Boulogne,  Francia, a 2 de enero de 1805

Más de 5 000 muertos, al rededor de 12 000 heridos, una Europa amenazada y una responsabilidad que apenas y puedo soportar sobre mis hombros conforman mi nada envidiable posición, Monsieur Donatien Alphonse.

Seré muy franco con Ud.: no tengo la menor idea de la causa por la cuál llegó a mis manos su misiva (es un decir, porque yo no la leí). En estos tiempos aciagos es difícil que el correo no sea interceptado por los enemigos de la libertad, y más difícil es, aún, que una carta que solicita indulto se haya filtrado hasta yo tener noticia de ella. Todos los días recibo reportes militares, notificaciones de pago, reproches de pudientes inconformes y toda clase de amenazas. Algunos elogios, propuestas de alianzas y supuestos concordatos también me persiguen desde que despierto hasta que voy a la cama (cuando puedo hacerlo).
A pesar de que soy un hombre de armas y de que mi vida la he consagrado a la gloria del combate, disfruto mucho al darme baños de esponja. Todos los días, sin excepción, y sin importar las condiciones y la carencia de comodidades, aprovecho para purificarme. El cuerpo es lo único que puedo limpiarme, por ahora. Mis hombres más cercanos y yo estamos apostados en un terrible cuartel improvisado, a la espera de ser acribillados en cualquier momento. Se dará cuenta, pues, de que vuestros ruegos consiguieron el milagro que deseaba: que yo supiera de su condición. Jerome Lacroix, responsable del recurso postal que yo utilizo, leía presurosamente los remitentes de las muchas cartas que debo atender. Justo a la mitad de mi baño de esponja, me dijo: “Monseigneur, espero que nunca haya escuchado de un tal Marqués de Sade, porque el infeliz le ha escrito desde Charenton. ¿Desea que abra la carta?”

En alguna ocasión, y dado que mis tropas se conforman por hombres de toda clase, uno de ellos refirió una obra teatral de vuestra autoría. Él la calificó como vulgar y como artífice de la corrupción del espíritu. No le presté mucha atención, pero con el paso de los días me percaté de que algunos soldados más (y uno que otro aristócrata), a veces con entusiasmo, otras con desagrado, mencionaron su nombre: “El Marqués de Sade”.
Terminaba de enjuagar mi cabeza cuando sentí una imperiosa (no por aquello del Imperio) necesidad por saber qué tenía Ud. que decirme. “Abridla, Lacroix”, ordené.
Poco puedo y quiero decirle, Monsieur Donatien. Nada está en mis manos hacer para que Ud. abandone su condición animal. Además de que no tengo tiempo para emitir un indulto penitenciario, tampoco tengo interés de que Ud. sea liberado, aunque no dejan de conmoverme sus líneas. Yo mismo imploro para obtener la libertad de la que Ud. habla. Ambos somos prisioneros, cada cual a su modo; Ud. del resultado de su obrar permisivo, yo de la consecuencia de la virtud. ¡Mire qué curiosa es la vida!: tanto el vicio como la virtud encarcelan al hombre. Además, ¿qué ganarían la Francia y su emperador al tener a un tipo como Ud. por las calles? ¡Nada, ciertamente!

Hace pocos meses terminé de redactar mis códigos civiles (códigos napoleónicos, les llaman). En ellos he sido muy puntual al asentar la libertad de conciencia, la libertad intelectual y la libertad de pensamiento. En nada he vulnerado vuestros recién adquiridos derechos. Ud. es tan libre de pensar lo que le venga en gana, pero tendrá que seguir haciéndolo en el interior de vuestra celda. Vuestra soberanía individual está garantizada por mi gobierno, no le quepa la menor duda. Siéntase, más bien, agradecido por poder imaginar en libertad. Imagine vuestras orgías, vuestras blasfemias, todos los ataques al pudor que pudiera concebir, nada de eso constituye un delito ya. Los suicidios y los intentos de suicidios han dejado de escandalizarme desde hace tiempo. Yo mismo porto un veneno que no dudaré en utilizar si la situación lo ameritara, y no por eso pretendo que los ingleses me abran paso en verbena popular hasta llegar a Londres. También soy un suicida en potencia, pero de una naturaleza diferente a la vuestra.

No puedo pasar por alto lo impecable de vuestra escritura, Monsieur Donatien, pero prevenido ya estoy de todas aquellas almas lisonjeras que con perversas pretensiones intentan sacar provecho de mi investidura. Un talentoso, aunque miserable músico germano, trató de adularme con una sinfonía que, según él, llamaría napoleónica. Cuando se percató de que no encontraría mayor usufructo en su trabajo que el de cumplir con su obligación vocacional, el muy pelaovejas cambió el título de su obra y la llamó “La Heroica”. L. V. Beethoven, se hace llamar, y para mí él es tan nulo como antes de que supiera de su existencia. Dudo mucho de que las obscenas obras teatrales que Ud. escribe puedan acallar el estruendo zarista de Tchaicovsky y de las tropas moscovitas. Para ello se requiere de estrategia, no de arte, y lo suyo no es ni estrategia ni arte. Estrategia, en todo caso, para engatusar prostitutas, borrachos marinos y banqueros al borde de la ruina. Escribidles a ellos y encontrad mejor fortuna con ellos, si es que pueden brindársela.

Muy desatinado ha sido Ud. al ofrecerme el cráneo de María Antonieta a cambio de la corona que por mis méritos he conseguido. Le sugiero, con todo mi respeto, que de obtenerla la utilice como almohada en la mazmorra que lo alberga. Tal vez en uno de vuestros febriles sueños pueda morir en paz mientras fantasea con asistir a una de las mascaradas de derroche que organizaba aquel parásito del trabajo del pueblo, pueblo que ahora yo gobierno.

Reconozco, ciertamente, que sería divertido ver la cara de Pío VII cuando leyera sus sórdidos incidentes con las prostitutas parisinas pero, seamos cabales (si no es mucho pedir): ¿acaso cree que el papa recibiría un documento escrito con vuestra tinta? Yo soy un hombre serio, Donatien, pero debo agradecerle la sonrisa que me produjo vuestro cinismo irremediable. Considere esta carta como un agradecimiento por haberme hecho sonreír, acción que realizo con muy poca frecuencia.

Ud. para mí no es ni un súbdito ni un ciudadano ni un artista, es sólo un loco que tuvo la buena ventura de ser escuchado por mí (porque insisto en que no leí su carta, me la leyó Lacroix).

Que nuestra amada Francia se enaltezca no por sus cobardías, mucho menos por sus excesos, sino por el digno trabajo de sus patriotas, por la sangre derramada en nombre de la libertad y mediante las reformas que yo ya he emprendido. A Ud. le deseo que pase sus últimos 12o días en Sodoma, y que termine de aprender todo lo que desee en la escuela del libertinaje. Libre y soberano es vuestro espíritu; ¡utilizadlo como le venga en gana!
Ya he terminado mi baño de esponja, ahora debo ocuparme de que los ingleses no irrumpan en su apacible celda. No hace falta que me lo agradezca.

Bon voyage, Monsieur Donatien.
Napoleón Bonaparte, Empereur des Français

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Nota del autor: no se sabe si el Marqués de Sade recibió la carta de Napoleón. Al respecto corren muchos rumores de variadas fuentes. Algunos dicen que sí pudo leerla, y que cuando terminó de hacerlo defecó sobre el sello imperial que cerraba el sobre que la contenía. Otras tantas voces dicen que Donatien murió preguntando si el emperador ya le había escrito. Sea como sea, no deja de llamar la atención que Efraín Pastrana haya encontrado ambas cartas en Tlaquepaque, Jalisco. Las fuentes historiográficas más acertadas señalan que el Arcángel San Miguel las olvidó en una banquita del dicho pueblo mágico, mientras hizo una escala de emergencia para desalojar las enormes cantidades de tequila que había ingerido.
Mientras no surja una versión más precisa que esta, podemos decir que estamos frente a una verdad histórica casi irrefutable.

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Rimbombante A Secas es el pseudónimo de un algo que realiza tareas diversas con fines indefinidos, aunque notablemente hedonistas y lúdicos. Misión: secreta. En una ocasión se le fue revelada mientras compartía un 'wedge' con Perseo Montes de Oca en un conocido campestre de golf. Se le encomendó guardar "el secreto",...
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